—Sea como tú quieras; pero estamos perdiendo el tiempo. Tengo que hacerte una grave proposición.
—¿De su parte?
—De su parte.
—¿Y cuál?
—Te pide formalmente tu mano.
Sucedió uno de esos solemnes silencios que se hacen oír; uno de esos silencios cuya duración no se puede contar: uno de esos silencios que son más elocuentes que todas cuantas palabras pudieran imaginarse para reemplazarles.
Luego Amparo dijo con la voz trémula, como aterrada: con acento incomprensible:
—¿Lo manda él?
—El desea que tú... vivas mejor... que... en fin...
—No, no quiero explicaciones de ningún género, repuso con una precipitación entrecortada Amparo... comprendo... lo comprendo todo. ¿Lo manda él?