—El lo quiere... porque...

—No, ni una palabra más, padre Ambrosio: dígale usted que si él quiere... yo también quiero...; pero pronto... pronto por Dios... que yo pare al fin donde Dios quiera que vaya a parar.

Y entonces no pudo contenerse y rompió a llorar, luego se oyó un paso precipitado, y la puerta que se cerraba.

—Vea usted su obra, me dijo con desesperación y aun con ira el padre Ambrosio. Hemos desgarrado el corazón de esa pobre Amparo.

—No importa, le dije saliendo con él del locutorio. El tiempo la demostrará mis intenciones, y cuando las reconozca recobrará la paz.

Y salimos del convento.


Aquel mismo día escribí a mi tío una carta que sólo contenía estas breves palabras.

«Me caso con una mujer digna de mí, y espero que saliendo por un momento de su retiro, venga usted a presenciar nuestra unión.»

Aquel mismo día también puse en movimiento mi casa.