Invadiéronla tapiceros, renové el mueblaje, aumenté mis trenes y mi servidumbre, y preparé la servidumbre particular de Amparo.
En cuanto a las habitaciones de ésta, no perdoné gasto ni cuidado, y quedé satisfecho.
El dormitorio, el tocador, el cuarto de labor y el gabinete de Amparo eran sumamente bellos y ricos, en medio de una gran sencillez.
Sólo se esperaba para efectuar el casamiento la llegada de mi tío.
Pero en vez de él llegó a vueltas de correo la lacónica carta siguiente:
«Cuando tú te casas, tu esposa debe ser un prodigio. Me alegro de tu resolución, porque el matrimonio te dará una vida nueva. Quiera Dios que seas más feliz que yo lo he sido. Ofrece a tu, para mí incógnita, consorte, todo el cariño que la corresponde por mi parte como cosa tuya, y si te pareciere bien, daos ella y tú por convidados a estas orillas en el estío próximo.»
Yo conocía a mi tío y sabía que no había de venir.
Así, pues, la tarde del mismo día en que recibí esta carta, el padre Ambrosio fue por Amparo al convento.
Se me presentó ricamente vestida de blanco, coronada de rosas blancas y más pálida que las rosas de su corona.
Al darme la mano al pie de la escalera la sentí estremecerse; pero aquel estremecimiento pasó, y continuó serena hablando conmigo con suma naturalidad de cosas indiferentes.