La ceremonia fue muy triste: el padre Ambrosio nos dio la bendición, mi administrador general y mi mayordomo fueron nuestros testigos.

Nadie más asistió.

Después de esto, Amparo quedó sola conmigo.

Yo estaba sobrecogido.

No sabía hasta qué punto era grave el paso que acababa de dar.

Y la gravedad de este paso no me asustaba por mí; me asustaba por ella.

Al preguntarla el padre Ambrosio si quería ser mi esposa, un estremecimiento profundo agitó su mano, la sentí fría y pronunció un apenas articulado.

Después cuando nos quedamos solos, me miró frente a frente, pálida y conmovida, sus ojos se llenaron de lágrimas y luego me asió las manos y exclamó con un acento profundamente doloroso y sentido:

—Me ha consagrado usted su vida, a mí, a la pobre muchacha abandonada, a la infeliz trapera. Dios se lo pague a usted. ¡Quiera Dios que yo pudiera hacer a usted feliz!

—Yo soy feliz, la contesté, conque tú vivas tranquila, conque seas mi hermana. Ha sido necesario dar este paso para arrancarte del convento. Yo continúo mi vida sin deseos y sin esperanza, consagrada a ti, que continúas siendo mi hija.