Aproveché un pretexto y fui por un instante a encerrarme en mi gabinete. Allí seguro de no ser oído, de no ser visto, rompí a llorar: si no hubiera llorado mi corazón se hubiera roto.

Yo la hubiera estrechado entre mis brazos, la hubiera arrancado frenético aquella corona de rosas blancas...

De seguro Amparo hubiera sido para mí una esposa sumisa...

Pero... yo quería su amor... y ella... ¡ella se había casado conmigo porque se lo mandaba yo! ¡por agradecimiento!

Temía hablarla de mi amor; temía indicárselo; temía que ella se violentase, que se fingiese enamorada de mí para pagarme con un sacrificio inmenso mi protección... ¡No! Esto no podía ser... ¡yo debía continuar con mi careta puesta... es más: debía mostrarme contento, feliz... sólo me quedaba un recurso: estar poco tiempo a su lado y viajar mucho; evitar un momento de olvido.

Yo era infeliz.

Pero era indudablemente menos infeliz que lo hubiera sido siendo ella monja.

No sé qué alegría misteriosa inundaba mi alma. Si no era mía, no sería de otro...

Era una posición de cierto género, y acaso... con la costumbre de verme... ¿quién sabe?

Yo esperaba.