Soy una persona decente, porque soy rico, y lo fue mi padre y también lo fueron mis abuelos.
Porque soy rico y persona decente me fastidiaba en aquella época.
Ahora no me fastidio: ahora agonizo.
Pero en aquella época estaba hastiado.
A los veinticuatro años había viajado mucho, y de mis viajes sólo había sacado en limpio una suma enorme de recuerdos embrollados.
Mi pensamiento era una especie de torre de Babel.
En mi continuo trato con toda clase de gentes sólo había encontrado una verdad.
Que nuestro hombre y nuestra mujer no existen.
O, precisando más la frase, que nuestro amigo y nuestra amante son dos fantasmas soñados por nuestro deseo.
Sin embargo, muchos hombres me han ofrecido su bolsa y su vida, y muchas mujeres su cuerpo y su alma.