La leí y palidecí como ella había palidecido.

El padre Ambrosio había sido atacado de una congestión cerebral, y el médico que le asistía lo participaba a Amparo.

Entonces comprendí por qué Amparo había salido de casa con tal precipitación.

Yo salí del mismo modo, y recorrí en algunos minutos la distancia que separaba mi casa de la del exclaustrado.

La primera persona que encontré en la habitación del religioso, sentada y triste junto a una puerta cuyas cortinas estaban corridas, fue a Amparo.

Al verme se levantó de una manera nerviosa, y sus ojos se fijaron en mí con una alegría inmensa, pero aquella alegría tuvo la duración de un relámpago.

—¡Ah!—dijo—yo no esperaba... que volviéseis tan pronto.

—¡Oh! sí—la dije—no puedo vivir separado de ti.

Y acercándome a ella, la abracé y la besé en la boca de una manera ardiente.

Amparo dio un gritó, se retiró y me miró de una manera profunda.