Yo me rehice.

—He visto la carta en que te anunciaban el triste estado de nuestro amigo—la dije.

—¡Oh! sí—dijo ella rehaciéndose a su vez—yo corrí, volé; pero...—añadió tristemente—todos hemos llegado tarde.

—¡Ha muerto!

—No: pero no hay esperanza; se ha hecho cuanto puede hacerse.

Amparo calló y quedó profundamente triste.

—¿Y estás... sola?

—Sí... el infeliz duerme; Teresa ha ido a casa para que vengan Juan y María; he mandado traer una cama; me siento mala, desesperada, Luis; era mi padre.

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