El buen exclaustrado murió aquella misma tarde.

Amparo volvió a casa desolada, impresionada fuertemente; se encerró en su aposento, y yo respeté su dolor.

. . . . . . . . . . . . . .


Me vi obligado a continuar durante algunos días mi antiguo papel de hermano.

Al fin, una mañana, Amparo me dijo:

—Siéntate a mi lado, Luis.

Me senté en el sofá junto a ella.

—Necesito que me expliques—me dijo—ciertas cosas que no comprendo bien. Desde que has vuelto de tu extraño viaje eres otro.

—¿Otro?