—Sí por cierto, antes sufrías; ahora no sufres; antes no tenías ni fe ni esperanza; ahora... Luis; yo veo en tus ojos otra vida... Luis; tú has encontrado la felicidad que buscabas... yo quiero saber la causa de tu felicidad.

Amparo tenía menos paciencia que yo, y pasaba la primera el límite que tácitamente nos habíamos señalado.

Quise facilitarla el camino adelantándome a ella.

—Te engañas, Amparo—la dije—yo no soy feliz, bajo el punto de vista que tú crees.

—¡Oh! sí, sí; yo no me engaño—me respondió.

—Pues te has estado engañando hasta ahora; por mejor decir, yo he sabido engañarte.

-¡Tú!

-Sí.

—¡Cómo!

—Tú no has conocido mis celos.