—¡Tus celos! ¡amas acaso!
—Sí, con toda mi alma, con toda mi fe, con todo mi entusiasmo.
Y la rodee un brazo a la cintura.
—¡Oh! ¡qué es esto! ¡Dios mío!—exclamó Amparo levantándose pálida como un cadáver.
—Mis celos son justos—dije fingiéndome desesperado—tu amor hacia un ser misterioso, te hace horrible toda demostración de amor por mi parte.
Amparo continuaba de pie, aterrada, muda, pálida, fijando en mí una mirada llena de ansiedad, de temor, de duda; ávida, dolorosa, suplicante, llena de impaciencia.
Yo la atraje a mí y la senté sobre mis rodillas sin que ella opusiese resistencia; inclinó la cabeza sobre el pecho, luego la alzó, me miró destellando de sus magníficos ojos negros un fuego casi divino, y me dijo con las manos puestas sobre mis hombros con la boca entreabierta, los labios trémulos, embriagándome con el perfume de su aliento.
—¡Luis! ¡Luis! ¡ten compasión de mí!
Y luego reclinó la cabeza sobre mis hombros, y rodeó sus frescos brazos a mi cuello.
—¡Yo te amo!—la dije con voz opaca y ardiente rozando con mis labios sus mejillas.