Amparo se estremeció y rompió a llorar.

—¡Te amo—continué—no sé desde cuando! me parece que te he amado toda mi vida; que te amaba antes de nacer.

Amparo se estrechó más contra mí.

—He callado, porque debía callar; he sufrido cuanto he podido sufrir; pero ya no puedo sufrir más, porque tengo celos.

Amparo levantó su cabeza de sobre mi hombro, y me miró con una expresión triste, grave, solemne, al través de sus lágrimas.

Luego me dijo con voz opaca y reconcentrada:

—¡Celos tú! ¡celos por mi amor y celos de otro hombre! ¡Esto es horrible! ¡Esto no puede ser!

Fue para mí tan inesperada esta exclamación de Amparo, que me estremecí, y brotaron a mis ojos, sin duda, todos mis enamorados deseos, porque las mejillas de Amparo se coloraron, y pasó por sus labios una indicación de sonrisa inefable.

—¿Con que yo lo soy para ti?—añadió—¿con que has sufrido y has callado y has mentido, como yo he sufrido, mentido y callado? ¿con que por una obcecación mutua hemos estado a punto de ser los más desgraciados de la tierra?

—¿Pero ese hombre? ¿ese hombre a quien amas? ¿es imposible de tu deseo?...