—Ese hombre, eres tú—me dijo exhalando en un grito inmenso toda su alma, y dejándose caer abandonada y trémula entre mis brazos.
—¡Oh! qué feliz soy—añadió sollozando de placer—¡Dios! ¡y tú!
La memoria es un don funesto.
¡La memoria, que nos trae en la desgracia, el encendido recuerdo de la felicidad perdida!
¡Oh! ¡la memoria!
¡Si Satanás no tuviese memoria, no estaría condenado!
Después de esto había en el manuscrito que me había entregado mi amigo el loquero del hospital de Zaragoza, algunas hojas rasgadas.
Púsome de muy mal humor esta laguna que aparecía de repente, acaso en la parte más interesante de la historia de aquel pobre loco; y tanto más, cuanto en algunos girones de hojas que habían quedado adheridos, se leían algunas frases que demostraban que Luis no había sido muy feliz después de su matrimonio.