—¿Qué sabe usted de la causa de mi locura? le he preguntado.
—Nada puedo contestar a vuecencia, me ha respondido, sino que fue recogido de las calles públicas por donde vuecencia discurría diariamente perdida la razón: ningún pariente se presentó a reclamar la curaduría de vuecencia como demente, y esa curaduría se me ha conferido por providencia judicial: vuecencia ha recobrado la razón, y estoy dispuesto a darle cuentas.
—No se trata ahora de eso. ¿Soy yo viudo?
—Lo ignoro, señor: en Zaragoza se sabe únicamente que un día llegó vuecencia en una silla de posta, procedente de Madrid, a la fonda de las Cuatro naciones, en donde tomó el mejor aposento: en el pasaporte de vuecencia constaban su nombre y su título: muy luego se comprendió que vuecencia estaba gravemente enfermo: al cabo su enfermedad se agravó: lo que antes era una monomanía tranquila, se convirtió en una locura furiosa, y fue preciso...
—Bien, bien; pero para reconocer mi título y mi nombre debió identificarse mi persona.
—Sí, señor.
—¿Y no consta en las diligencias judiciales mi estado?
—No, señor.
—¿Y nadie me conocía en Zaragoza?
—No, señor.