—Eso es.
Abrí mi cartera y la di un billete de quinientos reales.
—No puedo devolver a usted lo que sobra, me dijo.
—Lo mismo es, la contesté.
—¡Ah! ¡es usted muy generoso! Gracias en su nombre; que usted lo pase bien.
Y se iba.
—Espere usted, la dije: tenemos que hablar.
—¡Ah! ¡tenemos que hablar! ¿va usted comprendiendo que es hermosa, demasiado hermosa, para mantenerse respecto a ella en los inflexibles límites de la caridad?
—No se trata de eso.
—Pues no comprendo entonces...