—¿Qué sabe usted acerca del origen de esa niña?

—¡Bah! ¿y qué le importa a usted? A no ser que...

Y aquella mujer me miró con un recelo hostil.

—¡Sería gracioso que quisiera usted casarse con una muchachuela! añadió con sarcasmo.

—Tampoco se trata de eso; pero si usted tuviera algún antecedente... ayundándome usted y gastando cuanto fuese necesario, acaso lograríamos encontrar a sus padres.

—¿Y para qué quiere más padres que usted?

Necesité hacer un esfuerzo para contener la cólera que me causaba la fría insolencia de aquella mujer.

—En último resultado, la dije, ¿se niega usted a indicarme?...

—Nada sé; la recogí. Ignoro quién era; pero debe ser hija de buenos padres: las ropas que la envolvían eran ricas; llevaba, además, un magnífico medallón guarnecido de brillantes, y entre la faja un papel que decía:—«Está bautizada, y se llama...» he olvidado el nombre; el que tiene ahora se lo pusieron en la confirmación.

—Es extraño que haya usted olvidado su nombre; ¿pero aún queda el medallón?