—No por cierto; le vendí: era necesario criarla... yo era pobre.

—¿Pero no recuerda usted lo que el medallón contenía?

—Sí por cierto: un retrato de mujer.

—¿Y las señas de esa mujer?

—Las mismas de Amparo: alguna más edad; pero tan hermosa como ella; un parecido exacto... Y es lástima que ese retrato se haya extraviado, porque era una prueba indudable... pero a bien que el retrato existe en Amparo... en engordando la muchacha un poco más... el mejor día encuentra a sus padres en la calle.

Todas estas contestaciones habían sido pronunciadas con una intención maligna; comprendí que existía un misterio terrible entre aquella mujer y la pobre Amparo, y no insistí.

La dejé ir.

Había concebido el pensamiento de apelar a la ley para poner en claro la procedencia de Amparo.

Y como si hubiese comprendido mi pensamiento, aquella mujer me arrojó al salir una insolente mirada de desafío.