Aquel mismo día fui a consultar a uno de los abogados de más fama.
Me escuchó con atención, y cuando hube concluido, me dijo:
—No veo el medio de arrancar a esa mujer su secreto: el tormento está abolido hace muchos años; por consecuencia, si esa mujer tiene un gran interés en ocultar la procedencia de la protegida de usted, nada confesará. Queda sin embargo un medio.
—¿Cuál?
—El dinero. Pagarle su secreto al precio que pida.
Di las gracias al abogado por su luminoso consejo; le pagué la consulta y salí.
Pasó un mes.
En vano esperé a Amparo.
La Adela se me presentó de nuevo.
La pregunté por ella.