—¡Ah! está desconocida, me dijo; ha engordado. ¡Ya se ve! la cuido bien, o por mejor decir, la cuidamos bien. La enviaré por acá.
—Ponga usted precio a su secreto, la dije desentendiéndome de su observación, y entrando de lleno en mi objeto.
—Es usted muy joven, me dijo, para que pueda haber perdido una hija de la edad de Amparo; sin embargo, pudiera ser que algún amigo hubiera a usted encargado le buscase una niña perdida.
Y la Adela me miraba de una manera fija, escudriñadora.
—¿Se obstina usted en no confiarme?... la dije.
—Nada sé respecto a ella, me contestó.
Acabé de convencerme de que nada recabaría de aquella mujer; la di dinero; la encargué dijese a Amparo que deseaba verla, y la despedí.
A los pocos días, y cuando acababa de levantarme, me sorprendió un fuerte campanillazo a la puerta.
Abrió Mauricio; sentí pasos apresurados, y poco después se precipitó en mi gabinete Amparo.