Mustafá la seguía cojeando.

Amparo se asió a mí, y me miró pálida, aterrada, anhelante. Mustafá gruñía dolorosamente.

Venía Amparo en el mayor desorden: deshecho el peinado; una de sus manos envuelta en un pañuelo.

Durante algún tiempo nada me dijo; ni yo, sorprendido, acerté a decirla nada: luego pareció como que despertaba de un sueño, de una horrible pesadilla, y exclamó con un acento ardiente y lleno de ansiedad:

—¡Ah! ¡Gracias a Dios!

Y se separó de mí, se dejó caer en un sillón, se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.

Mustafá se acercó a ella cojeando; se sentó, me miró, y siguió con sus dolientes gruñidos.

Sospeché no sé qué horrible cosa, y me aterré.

—¿Pero qué sucede? la pregunté alentando apenas.

—Sucede, contestó Amparo, mirándome al través de sus lágrimas, que esa infame mujer ha querido hacerme infeliz.