No pude contestarla: sentí que toda mi sangre se reconcentraba a mi corazón.
—Pero afortunadamente, continuó Amparo, Mustafá me ha salvado, acometiendo a aquel hombre, y dándome tiempo para escapar; es verdad que el pobre ha sufrido un horrible bastonazo, y que yo he salido del lance herida...
—¡Herida! exclamé.
—Sí; ¡el horrible viejo me seguía! las escaleras son estrechas y empinadas; caí, di con la cabeza en la barandilla, y casi me he roto una mano; pero al fin estoy aquí; aquí, con usted que me defenderá.
No la pregunté más.
¿Y para qué?
Todo estaba explicado.
Envié a Mauricio por un facultativo que se encargó de la curación de Amparo y de Mustafá.
La herida de la cabeza de la niña, era leve, pero profunda y grave la de la mano.
Mustafá tenía casi roto un hueso.