Amparo se vio obligada a quedarse en casa.

Dos horas después, cuando estuvo más tranquila, la dije:

—No puedes volver a vivir con esa infame.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡no! ¡imposible!

—No puedes vivir tampoco conmigo.

—No, no; de ningún modo.

—Tampoco puedes vivir sola.

—¡Dios mío! ¿y qué hacer?

Y después de algunos instantes de triste silencio, añadió:

—¡El convento! ¡es preciso! ¡preciso de todo punto!