—No te daré el dote.
—Me pondré a servir.
—Y sirviendo, estarás expuesta a cada paso, a peligros como el de que has escapado milagrosamente hoy.
—¿Pero por qué cerrarme el refugio del claustro? exclamó llorando.
—Si has de agitarte de ese modo, te dejo sola: agitándote, afligiéndote, puedes empeorar, tienes calentura, y sólo te he hablado porque estás en la casa de un soltero, porque es necesario evitar las interpretaciones. He pensado en que el padre Ambrosio podría adoptarte, ya que te repugna mi adopción.
—¡Oh! ¡sí! ¡sí! exclamó.
—Pero es necesario que no seas gravosa al padre Ambrosio.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡otra dificultad!
—La dificultad está salvada. Entra en un colegio.
Quedose Amparo pensativa, y al cabo me dijo: