—Mande usted llamar de mi parte al padre Ambrosio.
Me dio las señas de la habitación del religioso, y Mauricio fue a buscarle.
Media hora después, un hombre alto, delgado, pálido, como de sesenta años muy modestamente vestido con ropas que demostraban un antiguo y continuo trato con el cepillo, entró lleno de ansiedad.
Era uno de esos hombres que llevan el corazón en la cara.
Un corazón todo sentimiento, todo dulzura, todo abnegación, todo caridad.
Y en los ojos, la mirada inteligente y serena.
Y en la frente, la severidad y la majestad de la virtud, la conciencia de sí misma.
Me saludó con encogimiento, y me estrechó la mano con efusión.
—Le conozco a usted, me dijo con la voz trémula; le conozco a usted mucho, aunque nunca le he visto hasta ahora.