—Yo también le conozco a usted, le contesté, encantado por lo simpático de su mirada, de su espontaneidad, de su palabra.

Estrechó entre sus dos manos la mía, y sin disimular su impaciencia, me dijo:

—¿Dónde está?

Le señalé la alcoba, y los dejé en libertad de hablar.

La conferencia fue larga, al fin el padre Ambrosio salió profundamente conmovido y me llegó la vez de demostrar mi impaciencia.

—¿Acepta? le pregunté.

Se sentó en un sillón, sacó una caja de pasta negra, me ofreció un polvo, tomó otro, y me dijo:

—Nos encontramos en una situación sobre manera extraña: una joven, embellecida por Dios con cuantas virtudes pueden hacer respetable a una criatura, sola, pobre, desventurada, se encuentra entre nosotros dos; puesta primero, bajo la protección espiritual de un pobre exclaustrado, y amparada después, de una manera noble, desinteresada admirable, por un joven rico, viciado en el gran mundo, casi impío, pero que tiene un excelente corazón. Pero he dicho mal: nuestra situación no es extraña. ¡Nos ha reunido la Providencia de Dios!

—En efecto; en el conocimiento de nosotros tres, hay mucho de providencial, le dije, más por ser cortés con el buen exclaustrado, que porque yo creyese en la Providencia. Ya he dicho antes que en aquella época era yo impío.

—¡Pues ya lo creo! dijo con el entusiasmo de un poeta el padre Ambrosio; mi vida era triste, llena de sufrimientos, llena de recuerdos, combatida por pasiones que había exacerbado la desgracia, y... si hace diez años, no hubiera encontrado a mi paso a esa niña que se arrastraba sobre sus manecitas en los corredores de la casa de vecindad donde me había llevado a vivir mi pobreza... Yo lo había perdido todo; parientes, amigos, afectos, hasta la paz de mi celda, de la cual me arrojaron las necesidades de la nación... la planta marchita y enferma que vegeta sobre un terreno ingrato, siente con delicia, y parece reanimarse al soplo de las auras de la mañana. Yo, muy semejante a una planta enferma, sentí una impresión de consuelo un día que, sentado al sol en la puerta de mi tabuco, sentí junto a mí, apoyando sus manecitas en mis rodillas, y sonriéndose (Dios me perdone) como deben sonreír los ángeles, una niña como de cuatro a cinco años.—Era Amparo.—Necesitaba afectos, y mi alma se volvió a aquella existencia pura, a aquella niña que estaba muy pobremente vestida, enflaquecida por el hambre. Supe que no tenía padres, que estaba en poder de una mujer de la misma vecindad, que la había encontrado en la calle. Y aquel desamparo en la infancia, aquella miseria en un ser tan débil, me hicieron concebir el mismo pensamiento que usted concibió cuando la encontró en medio de la noche recogiendo trapos. He hecho... cuanto he podido... en cambio, ella me ha dado acaso, la salvación de mi alma, porque estaba desesperado... y Amparo ha sido para mí un amparo de Dios, porque me ha obligado a amarla: porque amándola, he llenado mi corazón con un afecto, y he podido consolarme y esperar con resignación el fin de mi jornada.