—Creo que Amparo ha ejercido sobre mí una influencia muy semejante a la que ha ejercido sobre usted.

—¡Oh! ¡sí! me ha bastado con lo que Amparo me ha dicho de usted, y con verle después una sola vez, para comprenderle: tiene usted el alma virgen, sedienta, cansada de un mundo donde no vive bien: hastiada de todo, escéptica, porque ha perdido la esperanza, y ha encontrado usted en Amparo algo de lo que buscaba y no había podido encontrar. ¡Lo ha encontrado usted de noche, recogiendo los despojos del lujo y de la miseria, teniendo por único amigo un perro, por único amparo Dios! Y porque tiene usted el alma virgen y llena de entusiasmo y de sentimiento, ha hecho usted lo que nadie hubiera hecho; y porque Dios quiere que crea usted en él, le ha presentado a usted de la manera más bella, el dulce consuelo de la expansión de la caridad.

—¿Que Dios quiere que crea en él? dije moviendo tristemente la cabeza, quisiera creer; envidio a los que creen. Y ya que como usted dice nos ha reunido la Providencia, sea usted mi misionero en buena hora. Le prometo escucharle y...

—No seré yo quien haga a usted creer en Dios, me dijo solemnemente el padre Ambrosio, será ¡ella!

—¡Oh! ¡acaso! El afecto que me inspira es profundo. Pero dejando el terreno en que nos hemos metido, y en el cual tendremos lugar de volver a entrar, porque nuestro conocimiento será largo y nuestro trato frecuente, vengamos a la situación del momento. Mis proyectos respecto a Amparo, se reducen a arrancarla legalmente del dominio de esa mujer; yo había pensado adoptarla, pero soy demasiado joven y me ha parecido mejor que la adopte usted legalmente.

—¡Oh! ¡sí! después de lo que ha acontecido hoy a esa infeliz, yo la hubiera adoptado de todos modos.

—Después quiero perfeccionar su educación, poniéndola a nivel de las jóvenes de nuestro gran mundo; casarla luego de una manera brillante a beneficio de un magnífico dote...

—Dejemos obrar a la Providencia, me interrumpió el exclaustrado; yo la adopto y acepto para ahora la protección de usted; y puesto que usted rechaza, como rechazo yo, la idea del claustro, que se la había metido de una manera tenaz en la cabeza, entré en buen hora en un colegio: afortunadamente soy confesor de un matrimonio muy digno; él es un antiguo y honrado cobachuelista; ella, antes de casarse, fue maestra de niñas en una ciudad de provincia, y hace algunos años, después de casada, tiene en Madrid un colegio de señoritas, que poco a poco ha ido desarrollándose y que es al fin uno de los más favorecidos. Esta es cosa concluida, aceptada. Ella lo resistía; pero yo que pienso que el mejor uso que puede hacer un hombre de su fortuna es favorecer a sus semejantes, la he convencido.

—Pues en ese caso, le dije, voy a principiar desde este momento.

El padre Ambrosio se quedó en casa, autorizando en ella la presencia de Amparo y yo, después de informarme por ella de la habitación de la Adela, me fui a buscar al comisario de policía de su distrito.