—El amor es un sentimiento: no se ama porque se quiere amar.

—Sí, sí; concedido: comprendo que se ama porque se ama. Pero he tenido la suerte de no enamorarme.

—De seguro no habrá faltado...

—¿Y qué importa? yo me he guardado muy bien de amar.

—Pero... lo que yo quería está ya conseguido: eres toda una dama...

—Sí, es verdad, soy directora de un colegio, y salgo todos los días a dar lecciones de lenguas.

—Pero y bien... este siglo no mira más que las apariencias: acepta un dote cuantioso; cierra el colegio...

—¡Ah! ¡Es que quiere usted comprarme un marido!

La contestación de Amparo, aunque pronunciada en medio de una alegre risa y con gran ligereza, tenía un fondo de dolor y de dignidad ofendida que no podían desconocerse.

—No hablemos más de eso; la dije: harás lo que quieras, todo menos ser monja. Hablemos de otra cosa. ¿Qué se ha hecho de doña Gregoria?