—Ha muerto hace dos años, me contestó tristemente.

—¡Ah! ¡Pobre mujer!

—No por cierto; murió con la resignación de una cristiana entre mis brazos.

—¿Y su marido?

—Está empleado en provincias.

—¿Y el padre Ambrosio?

—Sigue viviendo en su casa de vecindad.

—¿Y tú?... ¿cómo estás al frente del colegio?

—Antes de que muriera doña Gregoria lo estaba ya. Había sufrido un examen, y al morir doña Gregoria, era necesario cerrar el establecimiento o encargarme yo de él... Entonces, el bueno de D. Tomás se convino a que se le pagasen los muebles, y... en dos años nada le debo; estoy establecida... soy independiente, tengo un pequeño capital... lo que basta para mi dote... y ya que usted ha venido, me voy al claustro... decididamente... me voy a buscar la paz.

—Es que yo no quiero.