—¿Y qué quiere usted que haga? ¿Cuál es su voluntad de usted? ¿Quiere usted que me case? Me casaré. Pero me casaré con un pobre.
—No, no es eso...
—Pues el convento...
—El colegio...
—Una soltera sola no está bien en el mundo.
—¿Y te casarías sólo por darme gusto?
—No me pertenezco: usted es mi padre: mi amor y mi agradecimiento me mandan obedecer a usted: si así no fuera, hace mucho tiempo que habría tomado un partido cualquiera. Pero no quise tomarle sin conocimiento de usted. Y como no sabía donde usted se encontraba... como durante seis años no ha escrito usted una sola carta...
—¿Y para qué?
—¿Para qué? Para que yo no hubiese tenido ansiedad, para que yo hubiese estado tranquila.
—¡Ah! El no saber de mí...