—Hubiera sido una infame si no me hubiera interesado la suerte de usted. Le amo a usted como amaría a mis padres... y mire usted...

Y Amparo se levantó y abrió la puerta de un gabinete.

—Allí no entra nadie más que yo, dijo.

—¿Y aquella luz? la pregunté señalando una que ardía delante de una Virgen de los Dolores pintada al óleo.

—Esa luz arde delante de la Virgen desde el día en que usted salió de Madrid.

Y entonces los ojos de Amparo se llenaron de lágrimas.

No sé si hubiera cometido alguna imprudencia, porque en aquel momento sonó una campana.

—Adiós—me dijo tendiéndome una mano—es la hora de comer y mis niñas me esperan. Vuelva usted.

Salí enamorado y desesperado.

Enamorado porque Amparo hablaba a mi corazón, a mi voluptuosidad, a mi razón; desesperado porque nada había visto en Amparo más que una ardiente expresión de agradecimiento. Amparo parecía enamorada de un imposible. Yo por mi parte había tenido bastante sangre fría para no hacerla sospechar el verdadero interés que me inspiraba.