Volví a mi casa preocupado, dominado por el efecto que había causado en mí la vista de Amparo.
Pretendí formar una idea exacta acerca del sentimiento que me inspiraba: al recordar su mirada, opaca, llena de una vida ardiente, su sonrisa triste, amarga en medio de su resignación, sus encantos uno por uno, y después el magnífico conjunto de aquellos detalles admirables: el no sé qué misterioso, vago, indefinible que emanaba de sus miradas, de su sonrisa, de su acento, de su actitud, de todo su ser, de su alma exhalada siempre en una manifestación sentida, dulce, extremadamente simpática, mi corazón me decía inflamado de un ardor desconocido para mí:
—Necesito que sea mía, enteramente mía.
Y al expresar mi corazón la devorante necesidad de poseerla, mi razón me gritaba severa:
—Es necesario que sea tu esposa.
De la misma manera que no he podido describiros a Amparo, no puedo haceros comprender de qué manera la deseaba, de qué manera la amaba.
La deseaba como jamás había ansiado otra mujer. Parecíame que las mujeres con las cuales había estragado mi corazón y mis sentidos eran de otra especie que Amparo: me parecía que Amparo era la mujer... ella sola la mujer: esa mitad preciosa de la vida del hombre; la compensación de su fatiga, la alegría de sus pesares, el aliento de su corazón, la mitad del cuerpo y del alma de nuestro hijo, de ese dulce punto de unión donde van a confundirse en una dos existencias; la mujer con la cual nos identificamos, que siente con nosotros como nosotros sentimos con ella; que sufre cuando sufrimos; que goza cuando gozamos; que se muestra orgullosa por pertenecernos, y fuerte por nuestra fuerza; que asida de nuestro brazo se encamina tranquila a la tumba, y muere contenta y feliz si en su lecho de muerte se ve rodeada del amor de una familia en la cual se mira multiplicada, joven, fuerte, hermosa como en los días de su juventud.
Yo al desear a Amparo, deseaba la familia... yo quería rodearme de esos testimonios de la inmortalidad humana que se llaman hijos. (Porque yo entonces, vuelvo a repetirlo, era impío y no podía referirme a la inmortalidad sino refiriéndome a la maldad.) Yo necesitaba, en fin, la piedra del hogar, consagrado por el amor y por la virtud.
La amaba... voy a procurar deciros las manifestaciones íntimas del amor que me inspiraba Amparo.