Y sin decir más, rebozóse y se entró gentilmente por el zaguán.

Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le miró fijamente.

—Mucho os tapáis—le dijo.

—Hace frío—contestó el otro con mal talante.

—Quien por damas se enzaguana—dijo don Francisco—, ó es tonto ó merece serlo.

—Yo os conozco, ¡vive Dios!—dijo el de la capilla poniéndose de pie y dejando caer el embozo.

—¡Mi buen Juan!—exclamó con alegría Quevedo.

—¡Mi buen Quevedo!—exclamó con no menos alegría Juan Montiño, que él era.

-Diez años me dais de vida; ¡apretad! ¡apretad recio!

—¡Que me place! ¡siempre el mismo!