Y en los ojos de la Dorotea, apareció una mirada valiente, enérgica, en la cual, cosa extraña en aquella situación, había mucho de generoso y de sublime.

—¡Oh! ¡y qué grato será hacerle llorar!—dijo el bufón.

—¡Oh! sí, sí, es el último recurso, el último consuelo que queda á mi alma; hacer llorar á don Juan.

—Pero para eso es necesario que le engañes.

—Le engañaré.

—Que le desesperes.

—Le desesperaré.

—Y para ello, que recojas esas ropas, que vuelva el color á tus mejillas, la risa á tus labios; que continúes siendo la querida de Lerma y la amante de Calderón; que representes como siempre... que vuelvas á ser la cómica.

—Lo haré, lo haré; descuidad.

—Empieza, pues, por secarte las lágrimas, como yo, mira; yo me las trago... yo me río... ¡ah! ¡ah! ¡qué buen chasco les vamos á dar!—dijo el tío Manolillo, saliendo del hueco del balcón y dirigiéndose al cocinero mayor: