—¿No habéis vencido?

—Sí.

—¿Y dónde la habéis dejado?

—Se fué sola.

—¿Y no venís aquí por ella?

—¡Ah! ¡no!

—¿Y no habéis vislumbrado quién ella sea?

—La tengo por principal.

—Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un quiero. Desconfiad de carta de dueña como de pastel de hostería, y sobre todo, recibidme por maestro. ¿Dónde vivís?

—No lo sé aún; ¿y vos?