—Yo... vivo aquí.
—¿Acabáis de llegar?
—Ya os lo dije; torno á esta tierra, de un destierro.
—Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fuí á buscar á mi tío á palacio; llovieron sobre mí aventuras y desventuras, porque esos porteros, á quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada á mi tío.
—¿Y quién es ese vuestro tío?
—El cocinero de su majestad.
—¡Francisco Martínez Montiño! pues me alegro, ¡hombre sois!
—¡Cómo!
—¡Ahí es nada! ¡con tío en palacio, cocinero de su majestad y enredador, avaro y celoso! ¡cuando os digo que habéis hecho suerte! ya veréis; ahora, si os importa ver vuestro tío, seguid á mi lado, ni más ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza, fruncido el ceño, y por no dar, que el dar daña, no les deis ni las buenas noches.
Y Quevedo tiró hacia las escaleras, desde en medio del portal donde había estado hablando con Juan Montiño.