Al ver acercarse á un caballero del hábito de Santiago, á quien habían oído hablar mal de su señor, porque Quevedo había levantado la voz para llamar ladrón al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinándose, y sin duda también porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la capilla parda, no se les ocurrió ni una palabra que decirle.
Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras:
—Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para salir de algunas, sólo sirve cruz de acero.
—¿Qué decís?—le preguntó Juan Montiño.
—Digo que al entrar aquí, no somos hombres.
—¿Pues qué somos?
—Ratones.
—¿Supongo que mi tío no será el gato?
—No, porque vuestro tío es comadreja.
—¿Dónde vais, caballero?—dijo á Quevedo un criado de escalera arriba.