Quevedo no contestó, y siguió andando.
—¿No oís? ¿dónde vais?—repitió el sirviente.
—¿No lo veis? voy adelante—contestó sin volver siquiera la cabeza Quevedo.
—Perdonad—dijo el lacayo, que alcanzó á ver en aquel momento la cruz de Santiago en el ferreruelo de don Francisco.
Entraron en una magnífica antecámara estrellada de luces y llena de lacayos.
El lujo de aquella antecámara en la casa de un ministro, era escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del Giotto; tapicerías flamencas; lámparas admirables; puertas de las maderas más preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un tesoro, en fin, invertido en objetos artísticos.
Una antecámara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prólogo que hacía presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales.
—¡He aquí, he aquí el sumidero de España!—murmuró entre su embozo Quevedo—; ¡ah don ladrón ministro! ¡ah sanguijuela rabiosa! ¡Tántalo de oro! ¡chupador eterno! ¡para qué se han hecho los dogales!
Y adelantó.
—Oíd—dijo Quevedo á uno que atravesaba la antecámara, llevando una fuente vacía.