El duque se acercó á la reja, y con la voz siempre fingida dijo:
—¿Sois vos Esperanza?
—Yo soy, caballero—contestó de adentro una voz de mujer que, aunque fresca y sonora, no tenía nada de tímida—; ¿y vos sois quien me ha enviado un recado con el lacayo Rodríguez?
—Sí; sí, señora.
—¿Y qué me habéis enviado?
—Un diamante que vale cien doblones.
—¿Eso habrá sido por algo?
—Indudablemente.
—¿Me conocéis?
—Sí, sé que sois muy hermosa. La hembra mejor que ha venido de Asturias.