—Muchas gracias, caballero: ¿y vos quién sois?
—¡Yo!... ¿qué os importa?
—¡Vaya!
—Soy joven; no tengo ninguna enfermedad contagiosa, ni me huele el aliento.
—¿Y por qué fingís la voz?
—Porque no quiero que me conozcáis.
—¿Os conozco yo?
—No; pero no quiero que me podáis conocer mañana.
—¿Pero?...
—Os amo.