—¡Señor!

—No tendrás que casarte contra tu voluntad, y mucho menos con ese escuerzo de Cosme Prieto.

—¿Pero qué dirán mis padres?

—Vamos, toma esta buena bolsa de doblones de oro.

—¡Señor!

—¿No la quieres?

—Sí; sí, señor.

—Pues entonces tómala.

Salió una mano por la reja, y tomó la bolsa.

—Ahora, ábreme—dijo don Pedro.