—¡Ah, no! ¡no, señor!—exclamó vivamente Esperanza.
—¡Ya, ya te entiendo! ¿Te parece poco el diamante y el bolso, ó temes que pueden ser falsos?
—No; no, señor, es que soy una doncella honrada.
—Oye, acaban de dar las ánimas; desde aquí á las doce de la noche van cuatro horas; ¿puedes tú bajar á las doce á esta reja?
—¡Por esta reja! ahora su excelencia está en el oratorio, y he podido bajar; pero á las doce su excelencia estará en su dormitorio, y el dormitorio de su excelencia da á un corredor, y este corredor á unas escaleras que están aquí orilla.
—¡Ah! ¿conque tu señora se ha venido á lo último de su casa?
—Vive muy retirada.
—¿Y no te atreves á venir por esta reja?
—No, señor.
—¿Pues por cuál?