El duque, pues, no se había atrevido á darse á conocer.

El amor tranquilo de la duquesa, expresado por una tierna amistad, se hubiera convertido en odio al saber ésta que él era el causador de su situación horrible; doña Juana se hubiera negado á verle, y don Pedro no se atrevió á romper el incógnito.

Trasladóse á la calle de la Palma Alta, á la casa donde tenía á Esperanza.

La joven dormía profundamente, y en su boca, entreabierta por el sueño, lucia una sonrisa de deleite.

—Dejémosla dormir—dijo el duque de Osuna—, y entretanto dispongámoslo todo para apartarla de aquí.

Y bajó, abrió una reja y dió una palmada.

Acudió un hombre.

—¿Eres tú, Díaz?—dijo el duque.

—Sí, excelentísimo señor.

—¿Sabe alguien quién es la dama que está conmigo en esta casa?