—Yo mismo no lo sé; vuecencia tenía la silla de manos dispuesta en una encrucijada; la noche en que vine era tan obscura, que aunque hubiera querido...

—Muy bien; ahora mismo buscarás un coche de camino.

—Muy bien, señor.

—Que el mayoral y los mozos sean extraños, que no me conozcan.

—Muy bien, señor.

—Necesito ese coche dentro de una hora.

—¿Y el equipaje del señor?

—No necesito equipaje. Toma esta llave, entra en mi recámara, y abre el armario; en uno de sus tableros hay un cofre pequeño muy pesado, tráetelo.

—¡Oh, y sin perder un minuto, traeré también á vuecencia equipaje!

—Bien, escucha: pon algunos trajes de corte; es posible que sin descansar me plante en París.