—¿Y va á ir vuecencia solo?

—Enteramente solo; pero ve, mi buen Díaz, ve que estamos perdiendo el tiempo.

El criado del duque partió á la carrera.

Don Pedro volvió á subir al aposento donde dormía Esperanza, se acercó á la luz y miró la muestra de un enorme reloj de oro.

—Las tres y media—dijo—; á las cuatro y media está aquí el coche; aún no es de día ni con mucho. Hay el tiempo preciso para que esa muchacha se vista.

Y entrando en la alcoba la despertó.

—¡Ah, sois vos, señor!—dijo Esperanza—; apenas puedo ver claro.

—Sí, yo soy; levántate y vístete; nos marchamos.

—¿Que nos marchamos? ¿Y á dónde?

—Donde pueda vivir libremente á tu lado, Esperanza mía—contestó con ternura el duque.