—Oh, cuánto te amo—dijo Esperanza, colgándose del cuello del duque.

—Sí, sí; pero aprovechemos el tiempo.

—¿Y á dónde vamos, señor?—dijo Esperanza, saltando casi vestida de la cama.

—A París.

—¡A París!

—Sí, á una hermosa ciudad... muy noble y muy populosa... que vale algo más que Madrid.

—¿Y allí no os conocen?

—Sí, por cierto; pero en París es difícil encontrarse con los conocidos.

—¿Pero vos no podéis estar siempre en París?

—No; pero iré á verte largas temporadas. Tú puedes llevar á tu familia, vivir en un palacio.