—No le conozco, señora.
—Os haré prender.
—¡Ah, señora! eso sería muy injusto.
—Id, id con Dios—dijo la duquesa meditando que si se empeñaba en averiguar por dónde habían venido aquellas joyas, podía descubrir su secreto.
Pero doña Juana quedo en una ansiedad mortal.
¿Habría muerto su hijo, aquel hijo á quien amaba tanto?
Doña Juana, pues, no era feliz.
Y de repente se le habían revelado dos grandes misterios, por medio del aderezo usado por doña Clara Soldevilla.
Había conocido á su hijo.
Era un mancebo hermosísimo, capaz de enloquecer á una madre; noble, generoso, honrado por el rey, casado con una dama sin tacha, por más que no fuese muy de la devoción de la duquesa, por ser amiga doña Clara de la reina y conspirar contra el duque de Lerma.