—Mi padre, madre mía, me ha dado ya una renta—dijo don Juan.
—Si has recibido de tu padre, ¿por qué no recibes de tu madre?
—¡Ah!
—Mira: son mis mejores joyas; valen cientos de miles de ducados... yo no las necesito ya... tengo las bastantes para presentarme de una manera riquísima en los días de corte... toma, toma, llévatelas, hijo mío... redúcelas á dinero... compra haciendas y dalas en dote á mi buena, á mi hermosa hija... á mi pequeña enemiga.
—Meditad...
—¡Oh! ¡no me amas!... ¡me engañas!...
—Ya tenemos el magnífico aderezo...—dijo doña Clara.
—Y aquí van otros diez... más ricos que aquel...
—¿No creeréis que nuestro amor es interesado si aceptamos?
—Creeré que no me amáis si no recibís lo que os doy... lo que es tuyo porque eres mi hijo... lo que te doy secretamente porque no puedo dártelo de otro modo.