—Acepto, pues, madre mía.
—Además—dijo doña Juana acercándose á la joven, tomándola una mano, y poniendo en uno de sus dedos una sortija—, quiero que tengas esto mío.
—¡Ah! ¿una sortija?
—Mi anillo nupcial.
—¿Y este blasón?
—El blasón de los Velasco, condes de Haro.
—¿Pero por este blasón?...
—Sabrán que la duquesa de Gandía ha hecho un regalo á su buena amiga doña Clara Soldevilla: sólo vosotros sabréis que ese anillo dado por mi, mi anillo nupcial, representa la bendición de vuestra madre. Ahora, hijos míos... idos... estoy muy conmovida, necesito llorar á solas... llorar de alegría.
—Una palabra, una sola palabra, madre mía—dijo don Juan.
-¿Cuál?