Meditó un momento el duque.
—Le prenderé—dijo al fin.
—¿Al momento?
—Al momento.
—Y yo, señor, os serviré con el alma. Empiezo á serviros: guardáos de mi hermano.
—¡Ah! ¡esto es terrible!
—El duque de Uceda tiene el pecado de la soberbia y de la ambición.
—Y vos, hija, manchando así un nombre...
—No lo sabe nadie.
—Lo sabe el que lo mancha.