—Acabad de una vez.
—Llegamos al crimen. Hoy por la mañana, apenas me vi libre de negocios, me fuí á las cocinas... á cumplir con mi obligación... y me encontré en ellas á ese infame Cosme Aldaba...
—No os entiendo bien... Al resultado... al resultado.
—El resultado ha sido que se ha servido en el almuerzo de su majestad la reina una perdiz envenenada.
El tío Manolillo, revelando aquel crimen al cocinero mayor, había cometido una imprudencia gravísima; Francisco Montiño, que en otra ocasión, por interés propio, hubiera guardado la más profunda reserva, enloquecido, aterrado, fuera de sí, había roto el secreto.
El duque de Lerma, pálido y desencajado, estuvo algunos momentos sin hablar después de haber oído la frase una perdiz envenenada.
Se levantó y se puso á pasear á lo largo del despacho.
Temblaba; estaba aterrado.
—Pero no, no es esto lo que me indicó la duquesa de Gandía; no, no puede ser—decía paseándose—; y luego... no me han llamado á palacio... este hombre está fuera de sí... se engaña sin duda... veamos... dominémonos.
Y se detuvo delante de Montiño.